Tiembla el portón, con el suspiro de quien toma fuerza antes de enfrentar. El badajo golpea la campana una sola vez, luego espera que los agudos traspasen grillos y ladridos, hasta los oídos de la morocha. Ella duerme profundamente, mientras está despierta mirando el techo, hace tiempo que aguarda, una hora, ocho años o una eternidad y media, no se acuerda.
Piporé es fantasma que atraviesa el muro antes de que le abra la puerta. Siempre estaba ahí, y siempre había llegado, pero nunca estuvo.
Le abre la puerta, casi sin sonreír pero sin llorar. Un abrazo frío transforma tibios los ardientes corazones que se ocultan tras historia. Ahora que se tienen a un beso de distancia, se conforman con señales e indirectas, cuando ajenos los dos, con señales telepáticas, hasta las nubes escribieron su amor.
Cuando Piporé se va, vuelve a morir un poco mas a pesar de renovar sus esperanzas. Ella también.
Caminata de vuelta a casa, acostarse al abrigo del propio cuerpo, reviviendo detalles de la noche entera.
Intercambiaron tantas partes que ahora son quienes son, sólo cuando están juntos. El resto del tiempo todo parece mentira, hasta la verdad misma que ellos crean, cada uno en su mente, y en la mente del otro.
Y todo el universo es duda…aunque tiemble como el portón y atraviesen como el fantasma de los dos.